La escasez de cambio y la incomodidad de manipular efectivo impulsaron una transición silenciosa, reforzada por billeteras digitales populares y promociones con reembolsos. Los clientes empezaron a preguntar “¿aceptas QR?”, y el hábito se consolidó. Con el registro de cada cobro, el vendedor conoce mejor sus horas pico, evita pérdidas por extravíos y mejora su planeación diaria sin cargar fajos de billetes ni temer a la lluvia o a la noche.
Primero lo intentaron los puestos con mayor rotación, como jugos y desayunos. Al ver filas más ágiles, vecinos y colegas copiaron el cartel. Los administradores de mercados impulsaron talleres breves, y plataformas simplificaron altas con documentos escaneados desde el móvil. El efecto red hizo el resto: pagar con QR dejó de ser novedad, se volvió expectativa normal del cliente que desea rapidez, factura opcional y, de ser posible, algún ahorro o puntos.
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